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lunes, 24 de septiembre de 2012

Carpe diem

Winston Churchill dijo una vez: “Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás ocurrieron”
Qué afán tenemos por comernos el coco.
En un programa de televisión le preguntaban a un señor: “¿Le preocupa a usted la crisis?” a lo que el señor respondió: “No. No soy el que la causó, ni soy parte de la solución”. Se me quedó grabado a fuego. Tenía razón.
Lo más importante para evitar la preocupación es vivir el presente. En el libro -Mis zonas erróneas- hay un claro ejemplo que logrará convencernos.
Un señor que estaba de veraneo entró en una sauna y allí coincidió con otro señor que empezó a hablar largo y tendido sobre todas las cosas que le preocupaban, una de ellas era las fluctuaciones de la Bolsa. Decía que lo peor estaba por llegar, que en seis meses habría un colapso total y sería el caos. El primero de ellos tomó buena nota de cuáles eran las cosas de las que tendría que preocuparse y se fue. Jugó al tenis durante una hora, disfrutó bebiendo un refresco en el bar, tomó el sol junto a su esposa y unas tres horas más tarde volvió al vestuario a ducharse. Su nuevo amigo seguía allí angustiándose, y preocupándose. Mientras tanto el primer señor había pasado sus momentos presentes estimulantemente vivo, mientras que el otro había consumido los suyos preocupado por diferentes asuntos. Y ninguno de los dos tuvo ninguna influencia sobre los valores de la Bolsa.
Reconocer lo absurdo que resulta preocuparnos, cuando nada va a cambiar como resultado de nuestra preocupación, es el primer paso para superarlo.

sábado, 21 de abril de 2012

Predicar con el ejemplo

Vuelvo con el libro: Tus zonas erróneas.
En este caso la lección que nos quiere inculcar es que son nuestras obras y no nuestras palabras las que nos definen.
“No somos necesariamente lo que decimos. Nuestro comportamiento es un barómetro mucho más adecuado para medir nuestro valor. Lo que hacemos en nuestros momentos presentes es el único indicador de lo que somos como persona”
Ralph Waldo Emerson escribió una vez: “No digas cosas. Lo que eres relumbra sobre ti mientras lo haces y atrona con tal fuerza que no puedo oír lo que alegas en su contra”

domingo, 26 de febrero de 2012

Tú escoges

¡Uf, cómo vengo hoy! Con gana de polémica. Porque voy a poner patas arriba todo lo que teníais aceptado, establecido y asimilado hasta ahora como bueno, correcto y adecuado.
Las frases que os muestro a continuación no son mías (ya me gustaría, pero no) las he sacado de un libro de autoayuda que desde que lo descubrí, hace ya muchísimos años, se lo recomiendo a todo el mundo, incluso he llegado a regalarlo en alguna ocasión. Se titula: “Tus zonas erróneas” y está escrito por Wayne W. Dyer.
No será la última vez que os remita a él porque lo considero, un poco, como la Biblia de la felicidad. De hecho no entiendo porque he tardado tanto en mentarlo en este blog. Resulta muy interesante descubrir como, capítulo a capítulo, va trastocando todo nuestro mundo y nos hace tomar conciencia de que los métodos habituales no logran combatir la infelicidad.
Como ejemplo de lo que os cuento os traigo esto, para que meditéis. Leedlo y releedlo despacito.
Os advierto que tiene mucha miga.
1*: “Tú escoges como sentirte al enfrentarte con circunstancias difíciles”
2*: “Puedo evitar sentir lo que siento, pero he escogido estar enfadado”
3*: Silogismo:
_Premisa mayor: Yo puedo controlar mis pensamientos.
_Premisa menor: Mis sentimientos provienen de mis pensamientos.
_Conclusión: Yo puedo controlar mis sentimientos.
¡Ay, amiguinos! ¿Qué os parece? Resulta que nuestro estado de ánimo ya no depende de los demás, que no hay más responsable que uno mismo.
Y frente a esto algunos dirán: ¡Jolines, cómo me fastidia! Y otros sacarán en consecuencia: ¡Qué liberación!
Esto ya lo dejo a gusto de cada cual, que para eso hemos aprendido que de ahora en adelante nos vamos a sentir como nos de la real gana, porque sí, porque podemos elegir.
La verdad es que siempre hemos podido pero parece que hasta que alguien no te llama la atención sobre ello te olvidas y atribuimos nuestros malos humos al resto del mundo o a las circunstancias. Pues no. Tú sólo, con tu libertad colgando del brazo, tienes el poder de elegir.